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Relatos de Ciencia Ficción. / Pillejos en el paneta de los zombis

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13/10/2018 17:55 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Las nueve, tocaba hacer el recorrido por las áreas de seguridad y las cintas magnetofónicas se deslizaban

Fuente Literaria.

 

He traído mi propia vianda y el de mis compañeros de viaje, tripulantes que controlan los recorridos de cada viaje. Es una vieja casa que emite sus suspiros, generalmente acá duermen los mutantes traídos de otros planetas de la misma orbita solar. Ya, hay un siseante suspiro, porque el desayuno se encuentra listo y del calentador, brotan ocho tostadas perfectamente doradas, ocho huevos fritos, dieciséis lonjas de jamón, dos tazas de café y dos jarras de leche fresca.

Ya, el reloj marcó la hora y, es hora de levantarse. Ese día la casona de bahareque se encontraba desierta y, a pesar de que el reloj sonaba su pito, todo iba hacia el vacío.

A las nueve, tocaba hacer el recorrido por las áreas de seguridad y las cintas magnetofónicas se deslizaban bajo los ojos eléctricos para ser limpiadas, aparentemente, todo, se encontraba en orden y, ya el operador había cancelado los impuestos al agua, gas y electricidad.

-Las ocho y uno, tictac, las ocho y uno, a la escuela, al trabajo, rápido, rápido, ¡las ocho y uno!

Después de una larga espera a Dirima, las alfombras rojas no recibieron sus suaves pisadas de los tacones de goma. Llovía afuera muy fuerte, resultado de un huracán en el área caribeña. Mande a prender los motores y, ponernos en marcha. Después de una larga espera, la puerta descendió una vez más, es hora de cumplir la nueva misión. Las campanillas, dejaron sentir sus repicados, al igual que, los barcos a medianoche en Puerto Cabello.

A las ocho y media los huevos estaban resecos y las tostadas duras como piedras. Un brazo de aluminio los echó en el vertedero, donde un torbellino de agua caliente los arrastró a una garganta de metal que después de digerirlos los llevó al océano distante.

Estamos en retraso. Los platos sucios cayeron en una máquina de lavar y emergieron secos y relucientes.

De las guaridas de los muros, salieron disparados los ratones mecánicos. Las habitaciones se poblaron de animalitos de limpieza, todos goma y metal. Tropezaron con las sillas moviendo en círculos los abigotados patines, frotando las alfombras y aspirando delicadamente el polvo oculto. Luego, como invasores misteriosos, volvieron de sopetón a las cuevas. Los rosados ojos eléctricos se apagaron. La casa estaba limpia.

Esto, fue un regalo del viejo gobernante, eligió a la rata y arrierito como símbolos de una nueva cultura y orden, se fue a residenciarse muy lejos, a la galaxia Orión. Ya son las diez.El sol asomó por detrás de la lluvia. La casa se alzaba en una ciudad de escombros y cenizas. Era la única que quedaba en pie. De noche, la ciudad en ruinas emitía un resplandor radiactivo que podía verse desde kilómetros a la redonda.

Desde las alturas. Los surtidores del jardín giraron en fuentes doradas llenando el aire de la mañana con rocíos de luz. El agua golpeó las ventanas de vidrio de la nave y descendía por las paredes carbonizadas, donde un fuego había quitado la pintura blanca, por el último ataque de bandas armadas, llamadas colectivos que, se desplazaban en pequeñas motonaves.

 

Los drones, pasaban cada diez minutos, grabando todo lo observado por los visitantes y residentes del planeta. Cada casa, retenía una fotografía centralizada y, desde niños hasta hombres y mujeres iban a adorar a Mahoma, máxima figura del islam.

Por la falta de gravedad, las pelotas nunca rozaban el suelo y, sobre las paredes, los lobos solitarios y gatos dejaban marcadas sus patas sobre la pintura fresca y, todo era un constituido de un carbón, donde la lluvia suave de los surtidores de agua cubría los jardines con una luz en cascadas, existían pocos postes.

Hasta este día, qué bien había guardado la casa su propia paz. Con qué cuidado había preguntado: “¿Quién está ahí? ¿Cuál es el santo y seña?”, y como los zorros solitarios y los gatos plañideros no le respondieron, había cerrado herméticamente persianas y puertas, con unas precauciones de solterona que bordeaban la paranoia mecánica.

Cualquier sonido la estremecía. Si un gorrión rozaba los vidrios, la persiana chasqueaba y el pájaro huía, sobresaltado. No, ni siquiera un pájaro podía tocar la casa. Menos la nave.

Los dioses, habían desaparecido y en la Casa de Oración había un gran altar, donde grandes y pequeños servidores seguían atentos con la adoración. Pero, los dioses habían desaparecido y los ritos continúan de una manera insensata e inútil

Atrás, quedaron los zombis, no razonan y prefieren estar bajo un régimen autoritario y de dictadores

El mediodía. Un perro aulló, temblando, en el porche. Al amanecer, su destino era ell sacrificio.

La puerta de calle reconoció la voz del perro y se abrió. Todo es tecnológico. El perro, en otro tiempo grande y gordo, ahora huesudo y cubierto de llagas, entró y se movió por la casa dejando huellas de lodo. Detrás de él zumbaron unos ratones irritados, irritados por tener que limpiar el lodo, irritados por la molestia.

Ellos, eran los sirvientes del tirano. Le daban bolsones de comida para su alimentación y habían perdido el derecho de los viejos contratos con sus empleadores.

Ya estoy lejos, dispuesto ya, a entrar al túnel negro y pasar al otro nivel del espacio.

Pues ni el fragmento de una hoja se escurría por debajo de la puerta sin que los paneles de los muros se abrieran y los ratones de cobre salieran como rayos. El polvo, el pelo o el papel ofensivos, hechos trizas por unas diminutas mandíbulas de acero, desaparecían en las guaridas. De allí unos tubos los llevaban al sótano, y eran arrojados a la boca siseante de un incinerador que aguardaba en un rincón oscuro como un Baal maligno.

El perro corrió escaleras arriba y aulló histéricamente, ante todas las puertas, hasta que al fin comprendió, como ya comprendía la casa, que allí no había más que silencio.

Muchos, habían muerto por tratar de no ser esclavos de la muerte.

Olfateó el aire y arañó la puerta de la cocina. Detrás de la puerta el horno preparaba unos pancakes que llenaban la casa con un aroma de jarabe de arce. El perro, tendido ante la puerta, olfateaba con los ojos encendidos y el hocico espumoso. De pronto, echó a correr locamente en círculos, mordiéndose la cola, y cayó muerto. Durante una hora estuvo tendido en la sala.

Cantó una voz.

Los regimientos de ratones advirtieron al fin el olor casi imperceptible de la descomposición, y salieron murmurando suavemente como hojas grises arrastradas por un viento eléctrico.

El perro había desaparecido.

En el sótano, el incinerador se iluminó de pronto y un remolino de chispas subió por la chimenea.

Unas mesas de bridge surgieron de las paredes del patio. Los naipes revolotearon sobre el tapete en una lluvia de figuras. En un banco de roble aparecieron martinis y sándwiches de tomate, lechuga y huevo. Sonó una música.

Pero en las mesas silenciosas nadie tocaba las cartas.

A las cuatro, las mesas se plegaron como grandes mariposas y volvieron a los muros.

Las paredes del cuarto de los niños resplandecieron de pronto.

Aparecieron animales: jirafas amarillas, leones azules, antílopes rosados, panteras lilas que retozaban en una sustancia de cristal. Las paredes eran de vidrio y mostraban colores y escenas de fantasía. Unas películas ocultas pasaban por unos piñones bien aceitados y animaban las paredes. El piso del cuarto imitaba un ondulante campo de cereales. Por él corrían escarabajos de aluminio y grillos de hierro, y en el aire caluroso y tranquilo unas mariposas de gasa rosada revoloteaban sobre un punzante aroma de huellas animales.

He aterrizado en África

Había un zumbido como de abejas amarillas dentro de fuelles oscuros, y el perezoso ronroneo de un león. Y había un galope de okapis y el murmullo de una fresca lluvia selvática que caía como otros casos, sobre el pasto almidonado por el viento.

De pronto las paredes se disolvieron en llanuras de hierbas abrasadas, kilómetro tras kilómetro, y en un cielo interminable y cálido. Los animales se retiraron a las malezas y los manantiales. Es el Sahara, donde el Generalísimo Francisco Franco se recreo para adherir tierras a España y tener derecho a ser sepultado en el Valle de los Caídos, ahora los sepultureros quieren sacarlo, porque ya Europa, tiene nuevos dueños que arremeten contra el pueblo, el campo militar.


Sobre esta noticia

Autor:
Emiro Vera Suárez (790 noticias)
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Tipo:
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