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Luis Eduardo OrtigozaMiembro desde: 24/05/09

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25/09/2017

Las tragedias de un país de comedia. Ángulos y paralelas 3 décadas después

 

Mucho material para aprender nos ha dejado esta tragedia. Lamentablemente, los mexicanos somos malos aprendiendo, somos malos capitalizando vivencias, convirtiendo en cambios nuestras vivencias y en general, somos malos, tropezando de nuevo con la misma piedra. Sobre la tragedia, tres cosas: Lo que no ha cambiado, lo que ha cambiado, y lo que podría cambiar. 

Lo que no ha cambiado:

 

Los medios: Somos una sociedad profundamente mediatizada. Dependiente del televisor, que casi ha olvidado leer. Televisa inventó otro Monchito. Ahora le puso Frida Sofía, y lucró con el dolor. Hizo del dolor una mercancía, y la vendió cara. Mercader del dolor y la esperanza. Igual que en el 85. Medios; peor  que en el 85, en redes sociales, gran parte de la información compartida era amarillista y sin ninguna verificación. Somos víctimas y victimarios de sumirnos en un mar de “Fake News” Aquí nada ha cambiado.

Las donaciones: Todos donan. Nacionales y extranjeros, jóvenes y viejos, hombres y mujeres, tenderos y empresarios. Menos los políticos. Ellos no donan. No puedes devolver nada al que ya has robado. Es una tautología. Junto con esos políticos que nada donan de su bolsa, están los que medran con la tragedia, los que roban al automovilista, los asaltantes vestidos de rescatistas, los que piden donaciones a sus cuentas, los rapiñeros, solo comparables con los políticos que buscan la foto, o que entregan en su nombre o de su partido los recursos de otros. Tampoco aquí nada cambió.

La preparación: Se invirtió una cantidad de proporciones estratosféricas a lo largo de 15 años en una alarma sísmica. No funcionó. El sismo fue 10 veces menos potente que el del 85, la ciudad sigue sin estar lista. No, no estamos preparados. No hay transparencia, no sabemos, los mexicanos en qué se gastan los fondos para desastres naturales, no sabemos en dónde se tira el dinero para prevención, no sabemos para qué se contrata tanta y tanta consultoría. Si al finl el gobierno no sabe qué hacer. No sabe qué hará, y sigue dándole la mayor parte del trabajo a salir en la foto. 

La corrupción. Los reglamentos de construcción son violados sistemáticamente, basta mirar en google maps el antes del colegio Rebsamen, muros de carga donde deberían existir columnas de concreto. Documentos falsificados, dictámenes obtenidos sabrá Dios cómo, licencias de construcción que se venden. Indolencia frente a la inseguridad. Constructoras sin ética, dinero sin moral. No. Nada de esto cambió.

Lo que debe cambiar en México es simple. La tragedia limpió el humo y nos hizo verlo claro: debemos despertar, sin que la tragedia sea el despertador

¡Los mexicanos somos enormes! Rescatistas voluntarios, héroes anónimos retratados, vencidos por el cansancio, recibiendo una vianda de manos desconocidas, manos jóvenes, de plomeros y estudiantes, de albañiles y contadoras, de maestras y maestros, que están y estarán siempre prestos a ayudar. Por fortuna, esto tampoco ha cambiado.

 

Lo que si cambió:

Yo viví el 85. Yo vi a los voluntarios. Hombres de mediana edad. Sí, mujeres, pero muchas menos que hoy. Sí, vi jóvenes, pero no eran los más, y era a los que les costaba más trabajo organizarse. Hoy vimos mujeres, a mis ojos, en misma proporción que hombres, y vi jóvenes, una cantidad increíble de jóvenes. De jóvenes de la CDMX, pero también de Puebla y de Tlaxcala, de Hidalgo y de Morelos, con una capacidad impresionante de organización y de coordinación, que en Twitter se ponían de acuerdo en 5 minutos, con avisos tan simples como “Roma estamos completos, hace falta gente en Condesa” la dirección o la ubicación, y en unos cuantos minutos se podían desplazar desde diversas partes de la urbe a 20, 40 o 100 jóvenes. Jóvenes a los que hemos llamado Millenials, que demostraron, que como generación Sí y Sí, están listos para el milenio. Me fascina imaginar que se organizaran así para curar a este México herido. 

Lo que debería de cambiar: 

Las tragedias dejan heridas terribles y temibles. Pero no solo las dejan. También destapan heridas que creíamos cerradas. Tuvimos que vivir una tragedia para abrir los ojos y darnos cuenta de que tenemos más confianza en tres perros rescatistas que en toda la clase política. Debió llegar un terremoto, que nos sacudiera, y tomáramos conciencia de que los mexicanos le damos a los partidos políticos 7 mil millones de pesos. Debió llegar un terremoto, para que dimensionáramos el cinismo de nuestra clase política.  Tuvo que llegar un terremoto para que humanizáramos al vecino, al desconocido, para que nos levantáramos del asiento y decidiéramos hacer algo por los demás. Algo por México. 

Tuvo que llegar una tragedia para que nos recordáramos, el uno al otro, lo grandes que somos. Para que le recordáramos al mundo que en la urbe más deshumanizada y egoísta, duermen las personas más humanas y más altruistas del mundo. 

Lo que debe cambiar es simple. Debemos despertar, sin que la tragedia sea el despertador. 

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