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La mala vida

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24/05/2020 16:15 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Cuando el contexto económico social y cultural condiciona tipos de relaciones humanas y fomenta valores que a su vez en forma de prácticas y creencias fortalecen y alimentan las prácticas que reproducen el contexto cultural

El hombre saliótrastabillando de una cuartería. Cuando llegó a la calle su mundo debió dar tantas vueltas que perdió el equilibrio y fue a caer de bruces contra el polvo blanquecino de la calle deslizándose sobre el caliche suelto hasta unos yerbajos que orillaban aquel espacio. Allí quedó. Luego de varios movimientos inciertos se dejó llevar por el río de inconciencia que en remolinos de alcohol le arrastraba, sabe dios hacia cuales turbulencias. Todavía las casas de la cuadra no sacudían la pereza de la noche del domingo y permanecían con las con las puertas cerradas. Me alegré de ser el único, de los muchachos del barrio, que pude presenciar el acontecimiento.

En mi casa, la noche anterior, antes de acostarnos, los niños escuchamos juerga, discusiones altisonantes y bachatas de amargue en la cuartería de Mecho. _Mujeres de mala vida_ oí decir a mamá en tono despectivo. La cuartería de Mecho era uno de los sitios de prostitución que había en el barrio. Allí vivían unas siete mujeres, en sus respectivos cuchitriles. Iban los embriagados a olvidar sus penas. Alguna vez vimos un borracho perdido tocando una puerta y alguien lo tomó del brazo y tiró de él hasta prácticamente lanzarlo hacia una habitación de puerta abierta, donde supusimos, le esperaba una de aquellas mujeres de mala vida que terminaría dando cuentas de su existencia. Así pensábamos el grupo de amiguitos que, llenos de miedo y comidos por la intriga, no desperdiciábamos momentos en indagar, fisgonear y tener el oído preparado para averiguar todo cuanto pasara en aquel recinto maldito. Hugo, Miguel, yo, rondábamos los diez años. Asistíamos juntos a la escuela primaria de la comunidad y nos habíamos hecho mejores amigos. Lo que pasaba en la cuartería de Mecho era uno de los temas preferido en nuestras conversaciones. Ahora yo contaba con una primicia y apenas podía aguantar las ganas de correr a casa de mis amigos para contarles. Claro que esto nos ocuparía unas buenas horas de charlas e imaginerias entre juegos y conjeturas.

Nosotros, que conocíamos cada patio del barrio, que invadíamos éstos sin miramientos para buscar capuchines, chichiguas, pelotas, vitillas… sabíamos de sobra que la cuartería era un espacio restringido, una especie de hoyo negro donde todo lo que caía estaba condenado a desaparecer. Nunca se nos ocurría procurar nada y menos intentar buscarlo. Nunca una mujer del barrio, diferente a las que allí vivían, se acercaba ni a la acera. Las muchachas tenían prohibido pasar por esa calle. Por nuestra parte, los niños sentiamos un miedo incompresible a aquel lugar, sensacion que se asociaba también a un sentimiento de profunda lástima por los desgraciados borrachos que entraban allí. Para nosotros esos pobres e infelices hombres no tenían culpa, si iban allí era por una especie de sortilegio de aquellas mujeres que a través de malas artes se hacían con el poco dinero que les quedaba luego de pasarse el día bebiendo ron en el colmado de la esquina.

Muchas interrogantes pasaban por nuestras cabezas. No alcanzábamos a imaginar por qué aquellas mujeres querían vivir en la mala vida. Porque a veces llegaban las nuevas, que mas bien parecían muchachas campesinas, a juzgar por la forma en que hablaban. Por qué no tenían familia. Por qué en ocasiones se peleaban entre ellas y gritaban tantas groserías que nuestras madres nos recogían de las inmediaciones y cerraban las puertas. Aun así se nos llenaba el alma de pena cuando un hombre llamado Chulo, que supuestamente las cuidaba, golpeaba alguna de ellas, en procura de algún dinero no entregado. En más de una ocasión vimos alguna llorando desconsolada sin que nadie se apiadara. Pero si nos encontrábamos con alguna, evadíamos el contacto y en la medida de lo posible huíamos raudos de aquel lugar.

Se lo llevaron en uno de los vehículos, mientras policías uniformados y vestidos de civil se prestaron a interrogar a quienes estaban presentes en la guardería de Mecho

A todo esto, el sol de mayo, indiferente, siguió sin prisa escalando el cielo. A cada paso encendió nuevos leños en su horno de inclemencia y el hombre permanecía allí tirado, donde había caído; yo lo alcanzaba a ver por la ventana subido sobre la cama de mi madre. Los vecinos que pasaban le miraban como un espectáculo repetido e innecesario; seguían su camino esperando que, como dijo alguno _cuando se le pase el jumo se levanta_. Cerca de las doce del día, la gente sintió extrañeza del sueño tan largo del pobre borracho.

Las comadres murmuraban desde las ventanas. Algunos hombres pasaron lo más cerca posible para ver si respiraba. Nadie quería tocarlo, ni meterse en un lío. Del prostíbulo como era costumbre, nadie salía hasta pasado el mediodía y entrada la tarde cuando las mujeres, recuperadas de los avatares de la noche anterior, salían recién bañadas a comprar productos para comer. A las cinco de la tarde cuando llegó la policía, tuvieron que abrirse camino por entre un conglomerado de mirones entre los que no faltamos Hugo, Miguel y yo. Al levantarlo, ya estaba duro. Pudimos ver que era un hombre de piel clara, envejecido, delgado. Llevaba zapatos gastados, pantalón azul de tela con varios lamparones o manchas; una camisa que fue blanca alguna vez con unas rayas azules a punto de desaparecer. No se le veía marcas de heridas; no mostraba golpes, no había sangre.

Se lo llevaron en uno de los vehículos, mientras policías uniformados y vestidos de civil se prestaron a interrogar a quienes estaban presentes en la guardería de Mecho. Adentro se escuchaban gritos. Que salió borracho, que cayó muerto, o que cayó y luego murió; que se murió por abuso del alcohol; que algo le hicieron ahí dentro que lo mató; que murió de un ataque cardíaco por estar con una mujer más joven que él; que en la guardería quizá lo atracaron quitándole su dinero y luego salió y cayó muerto; que ese borracho nunca se había aparecido por allí; que parecía un hombre del campo, por la ropa y su fisonomía. Todo esto lo escuchábamos. Nadie ofrecía una versión oficial. La cuartería duró varios días cerrada. Que están presos todos los chulos y todas las mujeres; que ahora si se metieron en un liazo por haber hecho morir a aquel hombre. Todas estas cosas se oían. Pero una tarde escuchamos en las noticias de la radio: “hombre hallado muerto, fue a decir último adiós a su hija en prostíbulo”.


Sobre esta noticia

Autor:
Hernand Saturum (3 noticias)
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