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La confesión de Aznar

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21/09/2018 14:28 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

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La comparecencia del expresidente Aznar en la comisión de investigación sobre la presunta financiación irregular del PP tuvo una característica dominante: se mantuvo en el terreno de la responsabilidad jurídica, no en el de la responsabilidad política. Tanto el compareciente como los portavoces llevaron el contrapunto a ese terreno, el más cómodo para el expresidente. Esto resulta paradójico porque precisamente la comisión de investigación del Parlamento está para sustanciar responsabilidades políticas, no jurídicas, para las cuales no tiene herramientas, ni es competente.

Para que la corrupción política se extienda y gocen sus autores de impunidad, primero hay que reducir la responsabilidad política a la jurídica. Es lo que ocurrió con el caso Gürtel: el Gobierno de Rajoy no cayó hasta que no se conoció la sentencia de la Audiencia Nacional, cuando debería haberlo hecho mucho antes, cuando vieron la luz ?por ejemplo? los papeles de Bárcenas.

La responsabilidad política no requiere del delito para ser evaluada, porque ni depende exclusivamente de una acción manifiesta, ni de que esta se dirija a apropiarse de bienes materiales (dinero, mordidas, regalos, etc.). El político ?siguiendo a L.M. Diez-Picazo, La criminalidad de los gobernantes? es responsable de cuidar un bien inmaterial, la confianza que la sociedad le confiere para cuidar la integridad de lo público. Por lo tanto, actúa irresponsablemente no sólo cuando se compincha con otros contra lo público, sino también cuando descuida su debida vigilancia de lo común. La responsabilidad política no puede escudarse en la presunción de inocencia, imprescindible en lo jurídico. Su lógica es otra: la acción, pero también la omisión.

Por eso Rajoy debería haber renunciado cuando los papeles de Bárcenas, así como en su día tendría que haberlo hecho Felipe González cuando declaró haberse enterado de los GAL "por los periódicos". Ambos estaban confesando su descuido de lo público, y eso bastaba para certificar su actuación irresponsable, la quiebra de la confianza depositada en ellos. Si además había delitos, más pronunciada si cabe se volvería esa irresponsabilidad, pero ésta ya estaba suficientemente acreditada en términos políticos.

Lo mismo ocurrió con Aznar. Él mismo lo confesó: no sabía lo que hacía el gerente del partido que presidía, quien debía ser controlado por el tesorero; cuando asumió la presidencia del gobierno, no podía ocuparse de esos asuntos partidarios. En el terreno jurídico es posible que para desembarazarse de la responsabilidad baste hacerla recaer en otros. Pero en el terreno político no ocurre lo mismo, mucho menos con los propios subordinados, los haya nombrado uno o no; sea un accionar orgánico (como prueba la sentencia) o incluso el de algunos pocos (la coartada del PP); o sea que el partido se beneficiara porque lo supiera o no: en todos los casos, son las actuaciones las que deben ser controladas, y si se confiesa que tal cosa es imposible porque se tienen otras responsabilidades mayores, debe abandonarse el cargo. En este caso, la presidencia del partido porque se está en la presidencia del gobierno.

Las preguntas de los portavoces, salvo en parte las del Partido Nacionalista Vasco, se encaminaron a intentar demostrar relaciones personales ?por ejemplo, entre Aznar y Correa?, o a saber si Aznar había visto sobres, o qué opinaba de las declaraciones de otros dirigentes de su partido que reconocían la existencia de los sobresueldos y la caja B. Todo dirigido a demostrar que Aznar era el jefe de una organización corrupta. Aunque esto fuera cierto, ese terreno le ofreció a Aznar la coartada propiamente jurídica de reclamar pruebas concretas, que los portavoces naturalmente no tenían, ni deben tener.

Aznar causó rechazo por su actitud patrimonialista de las instituciones, despectiva con los representantes de la soberanía popular y soberbia respecto de su actuación pública. Esa actitud no puede sino abocar a la irresponsabilidad política. Él mismo se delató, para beneficio de la comunidad política, pues sus interlocutores no parecían tener un criterio para evidenciar la irresponsabilidad política mayúscula de Aznar, que no consiste en si conocía personalmente a Correa o al Bigotes, o si había visto sobres, o en que haya incluso una sentencia firme (pues como adujo con cinismo puede ser contradicha). Lo que no necesita sentencia jurídica de ningún tribunal es lo que el propio Aznar asumió: que, cuando menos, no había controlado a quien debía, lo cual redundó en un perjuicio para lo público. Ahí está la prueba política suficiente para demostrar fehacientemente su irresponsabilidad política. Por tanto, el problema no está en que mintió, sino en las verdades que dijo. Y ya se sabe que a confesión de parte...

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Javier Franzé es Profesor de Teoría Política de la Universidad Complutense de Madrid.


Sobre esta noticia

Autor:
Criticic (2158 noticias)
Fuente:
ctxt.es
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Tipo:
Reportaje
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