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Italia y España, dos nacionalismos al espejo

06/04/2018 15:52 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

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Hablar de nacionalismo(s) parecería sencillo. Los rasgos que lo(s) identifican son, a día de hoy, bien conocidos aquí y allende las fronteras: el culto a la nación y al pasado, la imposición de una idea de nación sobre otra(s), el imperialismo, la superioridad racial y el supremacismo. Evidentemente, no siempre se encuentran todos estos elementos juntos en cada movimiento nacionalista: a veces hay sólo unos, a veces otros. Y la mezcla de estos elementos en determinados contextos históricos y políticos produce resultados diferentes.

Para entender las diferencias existentes entre un nacionalismo y otro cabe ir al nudo de la cuestión: el concepto de nación que cada nacionalismo defiende (e impone) y la manera en que este concepto se ha desarrollado en la historia. Pongamos un ejemplo ?el de Italia? y comparémoslo con el caso español. Italia es un país joven. Cuando el Trienio Liberal, la península italiana estaba todavía dividida en una decena de Estados. El sentimiento patriótico, consecuencia del romanticismo y de las ideas de la revolución francesa, tuvo rasgos progresistas y democráticos, bien representados por el pensamiento de Mazzini y la acción de Garibaldi. La unificación italiana de 1859-60, expresión de un nacionalismo centrípeto, es el fruto de este mejunje. Una imagen: las camisas rojas de los garibaldinos que entran en Roma y echan al Papa. No faltaron elementos conservadores, pero hasta finales del XIX no tuvieron un claro protagonismo. Fue entonces cuando la voluntad de convertirse en una gran potencia europea llevó a las expediciones imperialistas en África y, gracias también al nacimiento de un nacionalismo más agresivo y organizado políticamente, a las reivindicaciones territoriales en los Alpes y en el Adriático, que bebían del mito italianizado de la antigua Roma. La Gran Guerra ?presentada como la cuarta guerra de independencia: "¡A por Trento y Trieste!"? actuó como catalizador y acelerador de todo aquello. Su salida, a través del mito de la victoria mutilada, fue el fascismo, experiencia en la que encontramos todos los elementos del nacionalismo que se elencaban al comienzo.

1943 marcó un antes y un después. Por un lado, hay un evidente desgaste del concepto mismo de nación por la utilización continua que hizo de él el régimen de Mussolini. Por otro, está la increíble capacidad del antifascismo para resignificar el concepto ?vacío, diría Laclau? de Italia. Los partisanos luchaban ensalzando el tricolore. Incluso los comunistas, cuyas brigadas no por casualidad se llamaban Garibaldi, llevaban la bandera italiana, en el centro de la cual lucía una estrella roja. Reconquistar el concepto de patria, contendiendo a la derecha el mismo concepto de nación: este fue uno de los grandes logros de la Resistenza. Añádanse dos acontecimientos cruciales que permitieron el éxito de esta resignificación: el fusilamiento del dictador, colgado por los pies en la gasolinera de Piazzale Loreto, y la victoria de la República en el referéndum de 1946.

Si bien el nacionalismo no desaparece en las décadas siguientes ?jamás un nacionalismo desaparece?, la memoria del pasado fascista y la operación de la Resistencia lo embridan. El nacionalismo italiano (post-fascista) se simplifica en buena medida en anticomunismo. Además, excepto casos menores (Tirol del Sur, Cerdeña), no compite con otros nacionalismos dentro de las fronteras del Estado-nación. También hoy día, en que la Resistencia se ha quedado, mal que nos pese, en retórica y la extrema-derecha consigue preocupantes éxitos electorales, el nacionalismo italiano no es imperialista ni ?de momento? encuentra enemigos interiores. Para la Liga lepenizada de Salvini, Hermanos de Italia o incluso Casa Pound los enemigos ?Europa y los migrantes? son más bien exteriores. El nacionalismo italiano actual se inserta así en la ola de los nacional-populismos del tercer milenio, tomando prestadas teorías de alcance global, como la de la Gran Sustitución creada por la nouvelle droite francesa, y declinando su ideología hacia la xenofobia. Y esto, obviamente, no quiere decir que sea un nacionalismo menos peligroso.

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Compárese ahora este breve excursus con el caso del nacionalismo español. En el largo siglo XIX, cuando a nivel europeo nacen los nacionalismos y se consolidan los Estados-nación, por un lado hay la percepción de decadencia de lo que fue un gran Imperio, que encuentra su visualización plástica en el desastre de 1898, junto a la dificultad de las ideas liberales para imponerse en la península. Por otro, está la cuestión de la débil nacionalización española ?sobre la cual la historiografía no ha llegado nunca a un consenso? y el nacimiento de otros nacionalismos (centrífugos), como el vasco y el catalán, que compiten con el español. Justo lo contrario del caso italiano, donde se unificó la península y se hicieron los italianos (Massimo D'Azeglio dixit), es decir se construyó una nueva identidad nacional. "Hacer españoles" era mucho más complicado porque la historia pesaba como una losa.

También el fin de la dictadura fue completamente distinto, más allá del gap cronológico de treinta años. El dictador murió "en la cama" y la Transición fue sin ruptura y sin República. Si hubo una resignificación de los conceptos de nación y de patria, desgastados por la utilización que de ellos hizo el franquismo, ésta fue débil por diferentes razones, incluida la presencia de nacionalismos periféricos reforzados y abanderados por las izquierdas. ¿Cómo resignificar el concepto de España? La salida que se encontró fue la del patriotismo constitucional ?de inspiración habermasiana y que Aznar intentó transformar para reactivar el nacionalismo español?, que no es comparable, ni mucho menos, con la operación de la izquierda italiana durante y después de la Resistencia. A la izquierda española le costó ensalzar la rojigualda y lo hizo con éxito incierto entre sus bases, más allá de los esfuerzos más o menos convencidos de Carrillo.

En la actualidad vemos las consecuencias de estas dinámicas históricas. Por un lado, el consenso de mínimos encontrado en la Transición se ha venido abajo, cuando un débil proyecto de país ?fundado esencialmente en las ideas de democratización, modernización e integración europea? ha quebrado tras la crisis económica mundial. Por otro, el nacionalismo español, que la izquierda no supo embridar, se ha sentido aún más amenazado por el vigor de otros nacionalismos que han puesto en cuestión la existencia del mismo Estado-nación. Un panorama, como se puede percibir, muy distinto al italiano. De aquellos polvos, estos lodos.

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Steven Forti es profesor asociado en Historia Contemporánea en la Universitat Autònoma de Barcelona e investigador del Instituto de Historia Contemporánea de la Universida de Nova de Lisboa.


Sobre esta noticia

Autor:
Criticic (2157 noticias)
Fuente:
ctxt.es
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Tipo:
Reportaje
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