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Escribir con niños

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20/09/2018 08:57 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

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[Parafraseo el título del maravilloso ensayo de Santiago Alba Rico, Leer con niños.]

Llevo tiempo recopilando conversaciones con mi hijo, que ahora tiene seis años, y colgándolas en Facebook. Son un subgénero en mi muro, un clásico ya muy refinado. A la mayoría de los lectores les gusta. Hay quien no se las cree, que insiste en que exagero o que me las invento, pero yo sólo soy antólogo. Las suelo escribir nada más producirse o poco después, en cuanto puedo sentarme, y procuro dejarlas limpias, sin apostillas ni moralejas, para que transmitan el brillo que tuvieron. Este es un ejemplo un poco largo, suelen ser más cortas:

? ¿Sabes por qué no me gusta Gunball, papá?

? No, dime.

? Porque siempre arruinan los momentos dramáticos.

? ¿¿¿¿¿??????

? Papá.

? ¿¿¿¿¿??????

? ¡Papá!

? ¿¿¿¿¿??????

? ¡¡Papá!!

? ¿Qué?

? Eso, que siempre arruinan los momentos dramáticos.

? Es que no sé qué quieres decir. Ponme un ejemplo.

? Pues el otro día, se estaban despidiendo unos en una estación y se ponían muy tristes y se pasaban un montón de rato llorando, y venga a llorar mogollón de rato. Hasta que uno dijo: bueno, ya está bien, que esto es muy largo. Y se fueron, como si fuera una gracia. Y a mí no me parece gracioso.

? Ah, crees que ahí no iba bien un chiste, ¿no? Que era un momento muy triste.

? Un momento dramático, ya te lo he dicho.

? Ah.

? ¿Papá?

? Espera un poco, hijo, que me voy a sentar un rato aquí, que me ha entrado de pronto un cansancio enorme.

Abunda la escatología:

? Joder, Daniel, no me untes los mocos que te sacas.

? No son mocos ?responde muy digno y ofendido?: es caldo de moco.

Y la travesura sin resonancias:

En la sala de espera del médico, con Daniel. Un cartel advierte contra los energúmenos que pegan a enfermeros y médicos. El lema es: "Nada justifica una agresión". Daniel lo lee. Una vez. Dos veces. Tres veces. Le digo que se está haciendo pesado. Entonces me lo susurra al oído. Lo canta, lo baila, le pone ritmo. "Nada justificaaaaa una agresióoooooon". No le pido que pare, porque sé que sólo sirve para que me lo repita más veces, se parte de la risa, me provoca. Al final, le digo: "Creo que lo que estás haciendo sí justifica una agresión". Y responde:

? No, papá, ¿no te has enterado de que nada justifica una agresión? Nada es nada.

? Pero, ¿tú sabes qué quiere decir el cartel?

? Pues que nada justifica una agresión.

? Ya, explícame qué es eso.

? No sé, ¿qué es una agresión?

? Estás a punto de presenciar una. Tú estate atento.

Muchas veces me he planteado dejar de hacerlo, a pesar de que no se pueden compartir fuera de mi muro y no hay fotos ni nada comprometido, y pese a que las reacciones de la gente suelen ser muy cariñosas y agradecidas, porque siempre hay metepatas, moralistas de vía estrecha y aguafiestas que apostillan sin gracia o con torpeza enorme y ofensiva. Y, tratándose de mi hijo, no me apetece que lo nombren en vano. Otros escritores que hacían como yo han dejado de transcribir sus diálogos, hartos de pedagogos de guardia y de inquisidores de baratillo que opinan sobre lo malos padres que somos, sobre lo consentidos que están los niños de hoy y sobre vaya usted a saber. Si yo persisto es por dos razones: porque me parece un material literario de primera, y porque es una forma rotunda de tomarme en serio las palabras de mi hijo.

Los occidentales de hoy nos creemos moralmente muy superiores a los de ayer porque ya no pegamos a los niños en los colegios ni les educamos a grito pelado ni dejamos que vaguen por las calles sin vigilancia ni les dejamos correr ningún riesgo ni fumamos echándoles el humo en la cara ni les obligamos a trabajar en minas de uranio. Todas esas cosas eran comunes en los siglos precedentes. No cabe discusión: tratamos a nuestros hijos mucho mejor de lo que ningún niño de las generaciones anteriores fue tratado. Eso, por sí mismo, ni nos hace más santos ni convierte en demonios a los abuelos: por encima de las convenciones de cada época, es indudable que los padres siempre han querido a sus hijos y los han educado lo mejor que han sabido o podido. En El hambre, Martín Caparrós hace un descubrimiento que no debería ser tal: al conocer algunas regiones de África con mayor mortalidad infantil, charla con una madre que ha perdido varios hijos. El cronista está convencido de que la muerte de un hijo, en ese contexto de sálvese quien pueda, se percibe con menos tragedia que en occidente, pero la madre le desengaña: cada hijo que perdió le ha desgarrado profunda e irremediablemente. Sólo desde la soberbia se puede pensar que su dolor es distinto. Somos mamíferos. Estamos programados para darlo todo por nuestras crías, en cualquier época y lugar.

Dicho lo cual, alegrémonos de fabricar columpios acolchados y de meter en la cárcel a los profesores que levantan la mano. Son logros civilizatorios que debemos defender. Sin embargo, creo que hay algo en lo que no hemos mejorado y en lo que incluso hemos retrocedido: no escuchamos a los niños.

Tal vez ya no les mandemos callar con refranes (cuando seas padre, comerás huevos) o con órdenes de sargento chusquero (cuando los mayores hablan, los niños callan), pero, por lo general, no nos interesa nada de lo que dicen. Sus palabras son ruido de fondo, parloteo musical que no enseña nada. Hay mucha preocupación pedagógica por cómo hablar a los niños. Hay cientos de libros con consejos basados en las teorías de Piaget sobre qué contar y cómo a los niños en cada etapa de su desarrollo, sin tener en cuenta que Piaget elaboró sus tesis tras observar y escuchar meticulosamente a los pequeños. En la literatura infantil se ha abierto paso un subgénero que debería estomagar a cualquier persona sensible: los libros para gestionar emociones. A través de colores y formas enseñan qué es la tristeza, la ira, el miedo, la alegría, etcétera. Diríase que sus autores no han visto nunca a un niño real ni saben nada del arte de contar historias, que tiene por objetivo, precisamente, desbocar, excitar y descontrolar las emociones, no gestionarlas como si fueran una hoja de Excel.

Los autores clásicos de cuentos infantiles, desde que se normalizó el género en forma de libros en el siglo XIX, demostraron conocer muy bien a los niños. Los hermanos Grimm, Lewis Carroll, James Matthew Barrie o Roald Dahl conectan de una manera profunda y directa con la psique infantil porque conocen cómo funciona. Saben asustarles, emocionarles, entristecerles o romperlos de risa porque les han escuchado. Son autores que se dedican a atender sin prejuicios y con mucho interés lo que dicen los niños. No están obsesionados por enseñarles nada, no tratan de ser sus modelos ni de cuestionar cómo sienten y perciben las cosas. Al contrario: construyen mundos que respetan el punto de vista del niño, con su lógica y su imaginación. Alicia no cuestiona lo que le sucede y acepta las normas del mundo en el que ha caído porque es una niña y el narrador adopta su punto de vista. Si el narrador fuera adulto, le corregiría constantemente, trataría de sacarla del ensueño y le enseñaría a gestionar sus emociones. Pero Carroll triunfa y escribe una obra maestra porque sabe ponerse en el lugar de una niña. En el siglo XXI, Pixar hará lo mismo: el éxito de sus películas se debe, fundamentalmente, a que comprenden íntimamente cómo siente un niño, qué le hace feliz y qué le preocupa o asusta.

No escuchar a los niños es una actitud propia de una sociedad que ha decidido apartar a los pequeños de la vida pública. En las ciudades occidentales es cada vez más raro ver a niños jugando fuera de los pocos espacios diseñados y acotados para ello. No se juega al fútbol en las plazas y no se ven rayuelas pintadas en las aceras. En mi infancia, era bastante común visitar el lugar de trabajo de tus padres. Yo conocía bien el instituto de FP donde daba clase el mío, sabía el nombre de sus compañeros y me movía con familiaridad por aulas y talleres. Cuando empecé a trabajar en prensa, no era raro que los sábados por la mañana algunos compañeros viniesen a la redacción con sus hijos a terminar un artículo, y yo les entretenía poniéndoles un videojuego en algún ordenador que estuviera libre. Conocía a muchos de los hijos de mis colegas. Mi hijo, sin embargo, creo que ha estado una sola vez en el periódico donde trabaja su madre, y porque se hacía pis, estábamos cerca y nos venía bien que usara el baño.

El mundo de los adultos y el de los niños está cada vez más alejado. Por mucha empatía y cuidado que prodiguemos a los segundos, socialmente se perciben como una molestia que hay que resolver con el mínimo coste. Los colegios se utilizan como aparcaderos para que los padres puedan trabajar y el mundo espera de estos que se desempeñen como si no tuvieran hijos. Incluso los autónomos que trabajamos en casa y sin jefes sufrimos esa presión. Cuántas veces me habrán respondido con hosquedad o sorpresa cuando he declinado una entrevista o he pedido que me llamen al día siguiente porque estoy cuidando a mi hijo y no puedo atenderles. A nadie le parece mal, en principio, que tengas hijos, siempre que el hecho de que los tengas no les suponga a ellos el menor incordio.

La ausencia de niños en las calles es un reflejo de esa descomposición de la tribu. Existe la convicción de que los niños son un asunto exclusivo y privado de los padres y se percibe sólo en términos de problema. Incluso quienes tienen un discurso más favorable o apologético de la maternidad se refieren a ella a menudo en términos de cargas, trabajo y sacrificio. ¿Cómo vamos a detenernos a escuchar a los niños, si estos sólo son un problema cotidiano que solucionar, como la colada o el atasco de vuelta a casa?

Escribo las conversaciones con mi hijo porque me interesa mucho lo que mi hijo me cuenta. Me fascina seguir sus razonamientos, verle descubrir nuevas palabras que a saber dónde ha oído o leído y que no me tenga el menor respeto. Aprendo mucho más de él de lo que yo jamás podré enseñarle. Porque, al fin y al cabo, ¿qué podemos enseñar los padres? Poca cosa. Un par de normas de conducta, a coger bien los cubiertos, a decir por favor y gracias y a cruzar bien la calle. A cambio, ellos nos abren abismos de miedos y conexiones ilógicas. Como un pintor cubista, cogen un mundo previsible que creemos conocer y lo trastocan con mil perspectivas simultáneas. Nos obligan a seguir despiertos y a renovar la sorpresa por todo lo cotidiano. Y nos divierten con su comicidad involuntaria. Recibimos muchísimo a cambio de casi nada.

Pero también escribo las conversaciones con mi hijo porque creo que los niños merecen un hueco en el discurso público y debemos luchar por reconquistarlo. Nos corresponde a los adultos, claro. Los niños ni siquiera son conscientes de que no ocupan ese espacio. Y cada adulto debe hacerlo desde la medida de sus posibilidades. Yo hago lo mejor que sé hacer: trocitos de literatura. Pongo sus palabras en el lugar más importante de mi vida y de mi trabajo. Pero lo importante es que les escuchemos y dejemos de darles la murga.


Sobre esta noticia

Autor:
Criticic (2158 noticias)
Fuente:
ctxt.es
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Tipo:
Reportaje
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Creative Commons License
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