Globedia.com

×
×

Error de autenticación

Ha habido un problema a la hora de conectarse a la red social. Por favor intentalo de nuevo

Si el problema persiste, nos lo puedes decir AQUÍ

×
cross

Suscribete para recibir las noticias más relevantes

×
Recibir alertas

¿Quieres recibir una notificación por email cada vez que Criticic escriba una noticia?

Elogio de la leyenda urbana

4
- +
22/09/2018 09:15 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

CTXT es un medio financiado, en gran parte, por sus lectores. Puedes colaborar con tu aportación aquí.

Ahora que las fuerzas vivas de internet han comenzado a tomarse en serio la tarea de los desmentidos, ahora que atajar bulos es una modalidad noble de periodismo, permitidme que dedique unas palabras elogiosas al viejo arte de la leyenda urbana. No estoy diciendo, ni mucho menos, que sea permisible la calumnia o que retorcer la verdad merezca ningún aplauso ni recompensa. Al fin y al cabo, todos somos pasto de noticias fraudulentas y nadie está a salvo de contribuir a propagar algún infundio. La información cabalga a velocidad de caballo dopado en un hipódromo y no siempre disponemos del tiempo y los medios para discernir el grano de la paja y lo real de lo ficticio. Miles de historias improbables campan a sus anchas por aire, tierra y agua. Algunas desaparecen y resucitan años después como un Guadiana embustero y juguetón. A menudo solo nos queda confiar en la solidez de la fuente, y ni siquiera así estamos a salvo.

Quiero dedicar un elogio a la tradición literaria de la leyenda urbana precisamente por su carácter ilusorio, con frecuencia conspirativo, casi siempre consistente y con una impecable apariencia de certeza. Porque la ficción, en una pirueta paradójica, nos proporciona las mejores herramientas para interpretar la realidad. Quienes degustan buenas novelas, quienes aman el cine con algún sentido crítico, están en mejor posición a la hora de desnudar el armazón narrativo que sostiene una mentira o una verdad de medio pelo. Todo el mundo conoce a alguien que desprecia las lecturas de ficción, que descarta las fantasías y asegura demorarse solamente en noticias verdaderas. Juraría que esas personas están más indefensas ante la maquinaria implacable de los bulos y acostumbran a creer a pies juntillas cualquier titular torticero o cualquier cabecera sensacionalista de los telediarios.

La leyenda urbana violenta el pacto narrativo y nos fuerza a creer hasta la ceguera. Cuando el buen Miguel de Cervantes relata las aventuras y desventuras del hidalgo Alonso Quijano, aceptamos suspender nuestra incredulidad y en el tiempo que dura la lectura no nos atrevemos a poner en duda ni una sola anécdota del manuscrito por muy descabellada que sea. En el segundo libro de El Quijote, nuestro caballero andante accede a la cueva manchega de Montesinos y experimenta un episodio psicotrópico de visiones disparatadas que más tarde explica aún medio hipnotizado al pobre Sancho Panza. Al otro lado del papel, los lectores asumimos esa ficción inofensiva porque en el fondo nos gusta creer que es cierta. Dice Milan Kundera que en el primer libro de El Quijote todos los personajes coinciden en una venta por una mágica casualidad que nadie en sus cabales aceptaría creer. Es el ejemplo, añade, de un tiempo en que la novela aspiraba a asombrar sin más límite que la imaginación. Luego llegó Flaubert y la ficción, por desgracia, empezó a obsesionarse con lo real.

Hubo un tiempo, aún ajeno a los medios de masas, en que las leyendas urbanas se prodigaban en las plazas y se reproducían de boca en boca con la solvencia renqueante de un teléfono estropeado. El contagio era tan eficaz que cada vez que alcanzaba una nueva víctima, la historia se enriquecía con alguna filigrana, algún pormenor insensato o truculento que engordaba el despropósito. El ingenio colectivo perfeccionaba los bulos e incluso generaba variantes geográficas de modo que todas las culturas a lo largo del mundo han terminado repitiendo las mismas historietas disfrazadas con colores y protagonistas locales. En el éxtasis de la transmisión oral, los cuentos infantiles han desarrollado el aspecto de las leyendas urbanas, muchas veces con el único objetivo de inculcar disciplina o alimentar el insomnio. Qué es, si no, el hombre del saco, que robaba niños quién sabe con qué propósito. Qué es el ratoncito Pérez, el cuento chino de Papá Noel, la trola despiadada de los reyes magos y el castigo del carbón.

La llegada de la imprenta allanó la difusión del saber pero también multiplicó los bulos. Con el tiempo, los archivos históricos se han ido nutriendo tanto de rigurosas obras enciclopédicas como de libelos inocentes o malintencionados que forman parte inseparable de la condición humana. Ahí está, por ejemplo, la historia de José Bonaparte, hermano de Napoleón, que asumió el encargo de reinar en España después de la invasión francesa. La malicia popular, descontenta con la injerencia extranjera, le atribuyó un alcoholismo que nadie pudo demostrar y el monarca pasó a la historia con el apodo de Pepe Botella. Un conocido panfleto de la época lo retrata ahogado en licor bajo el lema "Cada cual tiene su suerte, la tuya de borracho hasta la muerte".

Las leyendas urbanas, aún en el territorio de la estricta oralidad, han medrado en el campo fértil de la adolescencia y han cultivado con acierto el género de terror. Puede ser que en nuestros años tiernos de hormonas alborotadas somos más propensos a creernos todo tipo de patrañas, o tal vez que algunas bolas prosperan con mayor tino en las acampadas nocturnas, mejor si es alrededor de una hoguera y con una linterna iluminando desde la barbilla la cara desencajada del narrador. Repetid tres veces delante de un espejo el nombre de Verónica y la difunta despertará y os hundirá unas tijeras en la yugular. Sentad en el asiento del copiloto a la niña de la curva para que os muestre la cuneta exacta en que murió en un accidente. Buscad la casa abandonada, siempre hay una en cada pueblo, de aquella familia que cayó en desgracia y cuyos espectros aún merodean por las habitaciones en busca de jóvenes intrusos.

Fue por fin con la radio y con la televisión cuando las leyendas urbanas alcanzaron su mayoría de edad y proliferaron como setas indigestas en nuestra rutina informativa. Siempre fueron rudimentarias pero efectivas, como aquel perro hambriento de mermelada y aquel armario cerrado de ¡Sorpresa, sorpresa! donde se escondía Ricky Martin. La historia resultó tan convincente que tuvo que salir la mismísima Concha Velasco a desmentirla en una alocución que ya es historia viva de la televisión. "Hemos sido víctimas de un bulo. Nos han atacado en una especie de locura colectiva, un ataque en el que se hablaba de algo que nunca ocurrió y de protagonistas que nunca han existido. Se ha hablado mucho de eso y nosotros queremos hacerlo hoy, si ustedes me lo permiten, diciendo solo tres palabras: todo es mentira".

Pero entonces llegó internet, las redes sociales, la vorágine viral de los memes y las invenciones torpes o ingeniosas se reprodujeron como conejos virtuales en interminables cadenas de correos, en powerpoints escritos en comic sans, en imágenes trucadas o en píldoras letales de whatsapp. El bulo de toda la vida comenzó a llamarse hoax, las milongas mediáticas se bautizaron como fake news y el tradicional mentirosismo galopante pasó a denominarse, no sin cierta pompa, la era de la posverdad. Por el camino, cosechamos joyas deslumbrantes y duraderas, como por ejemplo, el ungüento definitivo contra el cáncer que las multinacionales farmacéuticas no quieren que conozcas, el hombre que murió intoxicado con orina de rata al beber un refresco o el messenger que pasará a ser de pago si no reenvías este mensaje a diez contactos.

Me gustaría romper una lanza a favor de las leyendas urbanas y de los bulos de medio pelo aunque no esté dispuesto a aplaudir sus estragos. Muchas veces las historias falsas resultan dañinas, intoxican el debate público y alientan mensajes de odio. La culpa, sin embargo, no es del propio relato sino de quien lo fabrica con intenciones aviesas y de quien está predispuesto a morder el anzuelo. Con ese mismo mecanismo hacen fortuna los mensajes simplificados de los grandes medios, las consignas unánimes y prefabricadas que nos invitan a la obediencia y al consumo. Me gustan las leyendas urbanas precisamente porque desnudan ese mecanismo, porque una vez descartada su verosimilitud nos ayudan a diseccionar el engranaje demoledor de las narraciones y por extensión, la dimensión más emotiva e irracional del ser humano.

Algún día, si el sistema educativo no termina reducido a un apéndice ganancial de las grandes corporaciones, las escuelas nos enseñarán a identificar y a examinar los bulos. Para ser más exactos, nos enseñarán a lidiar con la ficción. Nos ejercitarán en el sentido crítico. Aprender a descifrar la intención de los mensajes. Reconocer que no existen verdades absolutas ni mentiras definitivas sino que convivimos con terrenos movedizos donde se confunden la luz y la sombra. Somos vulnerables a las leyendas urbanas porque nos fascinan y porque sentimos un impulso innato por creer en algo. Nos gustan las leyendas urbanas porque nos gustan las historias, no importa lo reales o falsas que sean sino cuánto estamos dispuestos a creerlas. Podemos desactivarlas, dudar siempre de ellas, pero sobre todo tenemos el deber de comprenderlas. Al fin y al cabo, para descifrar la realidad es necesario conocer bien la ficción.


Sobre esta noticia

Autor:
Criticic (2158 noticias)
Fuente:
ctxt.es
Visitas:
31
Tipo:
Reportaje
Licencia:
Creative Commons License
¿Problemas con esta noticia?
×
Denunciar esta noticia por

Denunciar

Lugares

Comentarios

Aún no hay comentarios en esta noticia.