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Eleonora y Pérez Gay, detrás de la huella latinoamericana

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13/11/2018 00:04 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Gracias a la diplomacia mexicana, siempre hermana de las naciones, la pintora y escritora feminista de nacionalidad inglesa, llega desde Paris

Fuente Literaria

Leonora Carrington, siempre en su ser interno, tuvo un impulso interno de caracterología infantil que, desde su hogar, su madre le leía una novela muy preciada en la época, me refiero a The Crock of Gold. El caldero de oro, lectura que inspiro la primera confrontación en el ideario de la pintora entre el patriarcado y las mujeres en la sociedad. Más tarde, la diosa blanca, de Robert Graves, marca una Leonora con una personalidad sensible, de espiritualidad social y de rebeldía política.

La mujer, siempre ha tenido una visión cosmogónica de las culturas. Convierte las cocinas en espacios políticos, donde representa a mujeres hechiceras, más bien, realizan alquimia para que sus candidatos ganen una contienda electoral.

Gracias a la diplomacia mexicana, siempre hermana de las naciones, la pintora y escritora feminista de nacionalidad inglesa, llega desde Paris huyendo de la persecución nazi. Renato Leduc, le ayudo a entrar A tierra azteca y nacionalizarse como mexicana. sin pensar, que, en algún momento, dejaría la patria, más por dignidad y por protesta, que por miedo.

¿Qué es lo que hace pensar a ciertos progresistas de banqueta que su época es mejor que las demás, su moral superior a cualquier otra y su buen juicio inmune a los errores? La ignorancia, en principio, pero no nada más. Huelga decir que hablamos de ignorancia supina y a menudo fanática, como la que empodera al linchador y carga de razón al fariseo. Nada que no haya sido moneda corriente entre las más sangrientas tiranías, cuya causa expiatoria consiste comúnmente en enterrar todo pasado que no cumpla al dedillo con sus aspiraciones y preceptos. Una idea de progreso meramente retrógrada, compartida a lo largo de la Historia por fundamentalistas de credos tan diversos como delirantes. Gente que hace volar templos y estatuas en aras de una forma de pureza que se ceba en la destrucción del otro y no ve más allá de su torpeza. Poco hay de peculiar en que estos despropósitos lleguen a ser usuales entre idólatras, cuyo precario acceso a la educación les hace presa fácil de la mentecatez, mas sucede que la ortopedia retroactiva gana adeptos aun entre quienes se dicen educados y —¡horror! — se creen llamados a educarnos a todos.

Es, en sentido estricto, un disparate, pero hay quienes lo quieren un acto de justicia, seguramente ajenos a la clase de aberración —histórica, jurídica, moral— que su gesto magnánimo sugiere. Juzgar desde esta época los temas del pasado —peor tantito entre más remoto sea— no es desde luego un acto de nobleza, sino una idea que acusa escasa reflexión, amén de una ignorancia tan soberbia que tendría que dar risa, si no invitar al miedo y la perplejidad. ¿Pues si hace medio siglo había censores que decidían a qué clase de obras e información podían los mortales acceder, sin por ello sufrir un daño irreversible en sus valores morales, civiles o religiosos, hoy menudean los inquisidores ansiosos de ejercer el control del pasado, y en su caso castrarlo o corregirlo conforme a las creencias hoy vigentes, si bien muy rara vez por todos compartidas? No importa si se trata de cuentos para niños, clásicos literarios, canciones populares o leyendas antiguas, la idea es imponer la corrección política con desmemoria histórica y celo talibán, aun a costa —y tal es la intención, ni más faltaba— de que tanto el pasado como el presente mismo acaben por hacerse incomprensibles.

Mujeres, jóvenes, minorías sexuales, migrantes, todos tienen voto. Presentan, aprueban, transparentan y publican el presupuesto del partido, se discuten las grandes líneas ideológicas, las políticas públicas a promover en el parlamento o en el gobierno. Se someten a votación nuevamente todos los cargos directivos de cada partido. Desde el dirigente nacional, hasta los coordinadores de bancada y el líder estudiantil tienen que ser electos.  Es válida la reelección, pero si alguno quiere conservar su cargo, debe rendir un discurso informativo de su desempeño y en caso de haber otro aspirante a sucederlo, someterse a debate con un oponente que quiera ocupar el puesto. Después del debate, la militancia vota. Los debates tienen lugar en vivo frente a los militantes y con transmisión simultánea por Internet

Se convocan intelectuales simpatizantes del partido para impartir conferencias de formación ideológica. Se invitan intelectuales independientes para que hagan la crítica de lo que está mal en el partido.

Piense usted en un partido político mexicano: Morena, Verde, PRI, PAN, MC, PRD. AD. COPEI Y VOLUNTAD POPULAR. Considere si dispone de un mecanismo semejante. No solamente eso, considere si alguno de sus últimos tres dirigentes fue electo. En México, los dirigentes partidistas llegan por designación, prelación o lo que usted guste, prácticamente nunca por elección.

Leonora, se hace entender. Sus pinturas, tienen a una diosa que simboliza libertad, montando a un felino que podría ser un leopardo o un jauar. Pero que tiene tres cabezas, una de félido, ave y una en el pecho que resplandece. El rostro triangular, es cargado por un mono sin rostro de cuerpo blanco que alza los brazos, con un eco de manos alzadas, representando las voces de los estudiantes que brutalmente fueron asesinados.

Hay muchas otras cosas en el sistema político latino que han muerto o están en riesgo de perecer. La gobernabilidad, la Revolución Latinoamericana, el sistema de partidos, el constitucionalismo y no sabemos si también las libertades, el federalismo y la soberanía. Estamos plenos de capillas ardientes. Estamos rodeados de criptas funerarias. Estamos circundados de morgues y forenses. De ataúdes, de féretros y de catafalcos. De espectros, de zombis y de momias.  Algunos hasta dirían que los muertos andan sueltos. Que hay que colocarlos en sus fosas y mandarles a decir sus misas para que, si no reviven, que por lo menos descansen en paz.

Es atrayente y seductora, pero en algunos momentos no deja de dar miedo. En otros invita a la reflexión.  Se presta para el disfraz, pero sobre todo para ver hacia adentro. Para recordarnos que abajo de la vestimenta, el rostro, la máscara e incluso de la banda, no hay más que hueso. José Guadalupe Posada vio de esa manera la política prerrevolucionaria. Los niños mexicanos guasones decían que el cuerpo se divide en cuatro partes: Calaca, guacal, espinazo y canillas. Es decir, la interpretación ósea de la pura anatomía.

Diversas muertes influyeron en los destinos mexicanos del pasado y, quizá, del porvenir. Muertes reales, y no metafóricas. Digo esto porque hoy, después de unos pocos años, habrían de agregar mucho de lo que la política mexicana ha tenido y tiene de terminal. Hoy tendríamos que adicionar muchos temas que servirían para las guasonas calaveras de no ser porque no estamos seguros de sí son prácticas que han finado guasonamente.

Y Eleonora, lo entendió así.

Sin embargo, también cuánto dependen los vivos de los muertos. Desde luego, mucho en la historia, pero también mucho en la política. Es cierto; hay muertos que están vivos. No es cierto que todos están callados. Hay muertos que hacen mucho ruido. ¿Estamos seguros de que ya murieron Maximiliano y Porfirio Díaz?  ¿Ya son finados todos los de Tlatelolco y los del Jueves de Corpus?  ¿Estará muerta Eva Perón o sólo quiere cambiar de nombre?

Con sarcasmo el gran dramaturgo y novelista George Bernard Shaw, uno de los grandes intelectuales de la izquierda británica a inicios del siglo XX, integrante de la Sociedad Fabiana, el partido laborista y ganador del Premio Nobel de Literatura, estaba consciente que aún en las filas del izquierdismo más coherente, entre militantes educados y formados, la tentación del poder y la riqueza hacía estragos continuamente. En otras palabras, en política las conductas ejemplares no se producen por arte de magia, y el único ejemplo que se contagia con facilidad es el malo.

El Día de Muertos se parece mucho a la política

 

Tenemos un gran reto. No es responsabilidad de un movimiento. Es obligación de todos los actores sociales. La legitimidad democrática se puede desdibujar. La sociedad no. Hagamos del quehacer público la mejor forma de acortar las desigualdades, la guía para cambiar, vidas, destinos y futuro. Elevemos nuestro pensamiento para que así sea, hagamos realidad el pensamiento universal que nos permita al final del camino decir que hemos cumplido. Construyamos una nueva realidad, hagamos posible el pensamiento de quitar piadosos nuestras sandalias para no herir a las piedras del camino.

Me pasa cada año, en esta misma temporada. Veo en YouTube los videos de la conferencia anual de los grandes partidos políticos británicos (sean del gobierno o de la oposición) y escucho sus discursos con envidia. Liberales, conservadores y laboristas despliegan a sus mejores oradores en una asamblea que tiene lugar durante varios días en alguna ciudad. Una vez al año, en ese evento, los partidos rinden cuentas a su militancia. Imagine, ¡partidos que rinden cuentas a su militancia! El militante del poblado más insignificante puede reclamar lo que quiera al dirigente nacional frente a un auditorio completo. Y el dirigente tiene que responder. 

Somos las ciudades que hemos perdido” escribió Pérez Gay en otra parte. Como demuestra su trilogía, también somos los seres queridos que perdimos. Perseguir la noche es la reinvención de la ciudad perdida y el testimonio esperanzador de un enfermo que venció el cáncer. Dos libros en uno. Ambos excepcionales. En los años de alternancia democrática mexicana, numerosas organizaciones de la sociedad civil han lanzado todo tipo de campañas. Voto útil, voto nulo, voto independiente, y el más absurdo, voto oculto. A nadie se le ha ocurrido lanzar una campaña a favor de la democracia interna en los partidos políticos. 

Eleonora, tuvo que exilarse, no ver atrás. Una migrante más.

Los poetas del modernismo desfilan por las páginas de la novela reviviendo las cantinas y casas de citas decimonónicas en la capital del país. El ambiente sentimental y la mojigatería de la ciudad porfiriana marcados por la clandestinidad de la prostitución, el alcoholismo y la drogadicción. Algunos pasajes evocan Elogio de la calle de Vicente Quirarte, pero lo superan en la reciedumbre y habilidad para la reconstrucción de personajes, emociones y ambientes.

Pérez Gay logra una tensión dramática impresionante cuando describe sus noches en vela, tratamientos, anestesias, la extenuante espera de resultados a exámenes médicos. Para suavizar tan estresante relato, el autor acude a un recurso que domina: el humor. Es de agradecer que el libro transmite una tristeza profunda, pero nunca amargura. Quienes hemos padecido la monstruosa tortura de observar los estragos de una enfermedad terminal en nuestros seres queridos, sabemos que la conciencia de la fragilidad de la vida se acentúa hasta niveles anteriormente desconocidos.

Nada vuelve a ser igual cuando lo único que uno desea es compartir un día más con quienes amamos, pero no sabe si volverá a verlos. Éste es el punto de vista del egoísmo. Si para uno es difícil, ¿cuál es la experiencia del enfermo? La aportación de Pérez Gay en este libro consiste en compartir la intensidad del padecimiento en voz de quien lo sufrió. No es un reportaje de oídas ni la crónica de las observaciones del deterioro ajeno. Aquí, el mismísimo paciente comunica y emociona.

Rafael Pérez Gay es conversar con la mejor tradición de escritores enamorados de la Ciudad de México. Es también una aproximación a la literatura autobiográfica, de tono intimista, que retrata los dolores más profundos. En la línea de Beber un cáliz o Algo sobre la muerte del mayor Sabines, Pérez Gay ha logrado contagiar la muy personal y dolorosa experiencia de la muerte de sus padres y su hermano.

Recientemente se publicó la última entrega de su trilogía de la pérdida (Informes de la muerte le llama la editorial), integrada por Nos acompañan los muertos, El cerebro de mi hermano y el libro que nos ocupa Perseguir la noche. En esta novela, Pérez Gay reflexiona sobre el miedo mayor del hombre: el de su muerte y olvido. Simultáneamente al descubrimiento y relato de su propia enfermedad, el autor consigna los pasajes perdidos de una novela que no pudo concluir (esperemos no abandone el proyecto) sobre la vida nocturna de los escritores mexicanos a finales del siglo XIX.

Cartelera la película La muerte de Stalin, del director Armando Ianucci. Ianucci es reconocido como un gran humorista de la política. Hemos visto sus dones para ridiculizar el poder en series como The Thick of It, sobre el iracundo vocero de un ficticio gobierno británico y en Veep, sobre una vicepresidenta inepta e ignorante que anhela llegar a la Presidencia de Estados Unidos. Ianucci no deja títere con cabeza, para él todos los altos funcionarios y gobernantes son patéticos y absurdos en su solemnidad, pretensiones de grandeza y supuesta superioridad intelectual o política. Si usted ve cualquiera de sus series de televisión, tendrá la fortuna de nunca volver a respetar a ningún poderoso.  

En su más reciente película, Ianucci retrata las horas finales del violentísimo dictador soviético. Ahí, vemos al monstruo encaprichado con la grabación de un concierto que escuchó por radio y su arbitraria selección de nombres para listas de “traidores” a quienes ordena ejecutar sumariamente. Contemplamos en toda su sanguinaria brutalidad a un autócrata que después de ordenar múltiples asesinatos, se entretiene con películas de John Wayne. “¿Qué fue de Trotski?” pregunta divertido. No obstante, lo más sobrecogedor del filme es el retrato de la adulación, lambisconería, la servidumbre autoimpuesta, el afán de agradar y la renuncia a toda dignidad de los colaboradores más cercanos a Stalin. Jruschov incluso escribe tarjetas para recordar qué tipo de chistes hacen reír a su jefe y cuáles no.

En esta exhibición fílmica del culto a la personalidad, nadie se atreve a contrariar a Stalin, nadie osa mencionar la crueldad de descalificar y matar sin juicio a todos sus opositores políticos. Todos los personajes han firmado una orden de asesinato o han denunciado y traicionado a cónyuges, amantes, familiares, amigos y compañeros en aras de la sobrevivencia personal. La totalidad de la sociedad rusa se doblega y aún después de muerto, acuden masivamente a rendir homenaje al dictador por el terror que les produce el entorno sobreviviente del estalinismo.

La película no tiene ningún toque dramático. A pesar de las barbaridades presentadas, está pintada con los colores de la comicidad y el absurdo. Atestiguamos la encarnizada lucha por conseguir influencia, poder y cercanía personal con el dictador entre Jruschov, Mólotov, Zhúkov y Malenkov, quienes despachan en fastuosos y gigantescos palacios ajenos a la austeridad comunista. Conocemos los encarcelamientos políticos de la disidencia, la absoluta indiferencia ante la vida humana de un sistema político presuntamente al servicio del pueblo.

Como todas las películas de tema histórico, ésta dirige un mensaje a las audiencias de nuestro tiempo. No en balde fue prohibida en la Rusia de Vladimir Putin

La censura, ya llego al ala de los países controlados por los ciudadanos de izquierda. La literatura, no se escapa de este desliz.


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Emiro Vera Suárez (790 noticias)
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