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Distancias

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21/09/2018 07:50 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

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En un artículo juvenil publicado en 1916 en El grito del pueblo, Antonio Gramsci denunciaba las matanzas de armenios en Turquía y se dolía de la dificultad de los hombres para sentir como propio el dolor ajeno: "Es siempre la misma historia. Para que un hecho nos interese, nos toque, es necesario que se torne parte de nuestra vida interior, es necesario que no se origine lejos de nosotros, que sea de personas que conocemos, de personas que pertenezcan al círculo de nuestro espacio humano". Muchos siglos antes el filósofo Aristóteles había demostrado en su Retórica que la compasión, en efecto, es una cuestión de distancia o, si se quiere, de media distancia: el dolor de los que están demasiado cerca nos resulta "horroroso", el de los que están demasiado lejos indiferente.

¿Qué está cerca? ¿Qué está lejos? La distancia, es verdad, nunca se ha definido en términos estrictamente espaciales. En el siglo IV antes de C., el propio Aristóteles, por ejemplo, juzgaba sin duda al esclavo de la casa de al lado mucho más lejano que al griego de Mitilene o de Éfeso; y a principios del siglo XX, para Gramsci -obviamente- estaba más cerca un comunista polaco que un fascista de Roma. Pero podemos decir que tanto para Aristóteles como para Gramsci -por no mencionar a un indígena baruya o un aldeano decimonónico- el propio cuerpo fungía como centro radial a partir del cual se medían las distancias; y que el espacio era todavía decisivo: allí donde alcanzaba mi mirada alcanzaba mi mundo político y moral; lo que ocurría detrás de las montañas, lejos de mis ojos, me interpelaba con fuerza amortiguada o casi nula. Eso ha cambiado. Entre las cosas que podemos medir con el cuerpo, que son cada vez menos, ya no se encuentra tampoco la distancia. Hoy ese criterio espacial (cuestionado, en el universo pre-letrado y letrado, sólo por los parentescos y los nacionalismos) ha quedado completamente volteado y hasta inhabilitado por unas tecnologías que alargan la mirada y permiten ver -y en tiempo real- lo que está sucediendo más allá de las montañas.

Ahora vemos de cerca las cosas que están lejos. No. Ahora vemos de cerca lo lejos que están las cosas. Las pantallas no nos acercan las criaturas distantes; nos acercan la distancia misma, que permanece siempre distante delante de nuestros ojos. A los analfabetos la escritura les aterra, pues les parece recoger, en manos ajenas, las cifras inmediatas de su destino. A los primeros espectadores las imágenes cinematográficas no les aterraban menos: la pantalla no era una frontera artificial sino una puerta ancha por la que el tren en marcha iba a entrar en la sala a atropellarlos. Luego los letrados, envenenados por el alfabeto, se dejan estructurar la mente por la escritura, desde la cual abordan y juzgan el mundo. Lo mismo ocurre con los cinemáticos o eidocinéticos, a los que la pantalla, aceptada ya como un artificio liminal -como un muro protector-, arroja la mirada a modo de instrumento natural de clasificación mundana. Si la mente del letrado es un papel con nombres, la mente del cinemático es una pantalla poblada de imágenes en movimiento. La mente del letrado escribe y cree controlar así tanto los objetos como la experiencia que lo vincula con ellos. La mente del cinemático contempla flujos de imágenes incontrolables. Después de tres mil años nunca hemos llegado a ser -y desde luego no todos- suficientemente letrados; en apenas un siglo -cine, televisión, redes- la humanidad entera es ya cinemática.

Una cabeza vacía de pensamiento no es una cabeza vacía: es una cabeza llena de imágenes. Esto se sabe desde Platón y ha sido, en distintos momentos de la historia, la gran preocupación del cristianismo. Pensemos en San Ignacio de Loyola y la refinada explosión barroca. Lo decisivo hoy, sin embargo, es la interiorización de la gramática -no la narrativa- cinematográfica: mientras que el letrado escribía en su mente desde dentro y con sus propias fuerzas, el cinemático recibe desde el exterior imágenes que -ahora lo sabe- no lo van a atropellar. Interiorizar la gramática cinematográfica quiere decir precisamente eso: todo lo que vivo, en realidad lo imagino y lo imagino mediante la sintaxis y con las categorías heredadas de la pantalla. Aclaro que cuando hablo de imaginar e imaginación no me refiero a esa facultad neolítica, opuesta a la fantasía, de la que me he ocupado muchas veces y que nos permite ponernos en el pellejo del otro y representarnos como propio su dolor -o su placer- sino a la capacidad de almacenar en la mente imágenes manufacturadas en el exterior.

El letrado representa el mundo; el cinemático, sí, lo imagina. ¿Qué quiere decir distancia para un no-letrado? ¿A qué distancia está un cinemático de su propia mente? Nada está más cerca, sin duda, pues su mente está en su cabeza y, a través del sistema nervioso, conforma su cuerpo y riega sus pasiones; pero si su mente es ahora una pantalla -y no un papel o un lienzo- esa proximidad absoluta es por eso mismo una lejanía: la inmediatez de una lejanía; la lejanía incluso de su propio cuerpo, la distancia más grande y la más próxima. La obsesión por fotografiar o grabar cada acontecimiento y cada experiencia, por ínfima o infinitesimal que sea; la obsesión por fotografiarnos o grabarnos incluso durante el acto sexual -el más corporal y menos subrogable de los actos- expresa esta voluntad de alejamiento vivificador. Lo próximo, lo contiguo, lo cercano nos incomoda o nos deja fríos. Sólo la distancia inmediata nos emociona. Si el letrado trata de acercarse el mundo mediante la representación, como única vía posible a una vida inexacta que al final se le escapa, el cinemático trata de alejar el mundo de sí mismo mediante la imaginación, como único paradójico acceso a una experiencia realmente cercana y vivida. Como único acceso también a la experiencia de uno mismo, experiencia que ya sólo puede ser narcisista, como lo revela el selfi ininterrumpido, compulsivo, del cinemático solitario que, en los ratos muertos, en la mesa del restaurante o esperando el autobús, se mete a sí mismo en una pantalla para no perderse. O -si se prefiere- para perderse en la distancia, el único lugar ya cercano, y emocionante, para todos.

Ahora bien: es la pérdida del mundo lo que emociona al cinemático; el hecho de que el mundo esté ahí (el hay que registra la existencia ante los ojos) como perdido y distante. ¿Qué hay? Distancia. ¿Qué hay? Distancia a mi lado; distancia encima de mí; distancia en mi interior, distancia contra mí. Todo ocurre ahora allí; porque ocurre, me interesa y emociona; porque ocurre allí, no me compromete ni política ni moralmente. No me emociona menos la muerte de 25 niños en el Yemen que mi fiesta de cumpleaños en mi cámara de vídeo. Tampoco me interpela más. Los dos acontecimientos me emocionan intensamente, totalmente. Ninguno de los dos transforma mi vida. La distancia me emociona y excita pero no se deja intervenir ni cambiar. Por eso acabo renunciando también a cambiar mi propio mundo, atrapado ahora en la mente pantállica y, en consecuencia, tan lejano e inmodificable como la guerra del Yemen. Todo -incluso mis orgamos- ocurre más allá de las montañas, inmediatamente visible, inmediatamente definitivo, claro y fatal como un destino.

El internacionalismo fue probablemente un fenómeno histórico, muy provisional, de letrados recientes que creían el mundo completamente sumido en su representación y que, de ese modo, se representaban muy cercanas las cosas lejanas: en el paso del analfabetismo al paradigma letrado debe haber un momento en el que -descubrimiento fabuloso de las cifras comunes- prójimos te parecen todos los hombres, aunque vivan en China o en Australia. Luego las letras también se fosilizan en leyes muertas y en nombres cerrados y duros como moluscos. En todo caso no es la nostalgia de un letrado la que me lleva a señalar algo evidente: que es más fácil compartir las representaciones que las imágenes. De hecho sólo es posible representar si la mente está ya inscrita en un mundo común -que es el de las letras, pero también el de sus distancias-, de manera que la discusión misma revela la existencia de esa mente interpersonal compartida: la Crítica del juicio de Kant explica muy bien esta felicidad social de la disputa a muerte en torno a un objeto estético. El espacio público ilustrado es sin duda la condición y la máxima expresión del paradigma letrado y sus potencialidades democráticas. Frente a las representaciones, que cierran una especie de contrato social finito y universal entre mentes diferenciadas, las imágenes infinitas encierran las mentes individuales en su propia ebullición: incluso cuando son las mismas, cada uno tiene las suyas y de ellas ni siquiera vale la pena discutir.


Si el letrado trata de acercarse el mundo mediante la representación, como única vía posible a una vida inexacta que al final se le escapa, el cinemático trata de alejar el mundo de sí mismo mediante la imaginación, como único paradójico acceso a una experiencia realmente cercana

La cuestión es que la multiplicación de las imágenes no sólo ha rebasado sino que ha hecho rebosar el paradigma letrado. Ahora incluso las letras están en una pantalla; se mueven; pasan; remedan la inmediatez fugitiva de las imágenes. Por lo tanto ya no se pueden leer. Lo que, mientras duró el paradigma letrado, llamábamos lectura ya no existe. No es verdad que se lea menos que hace treinta años (Cicerón ya se quejaba en el año 45 a.C. de lo poco que leían los jóvenes romanos); probablemente se lee más. Lo que ha cambiado es la experiencia de la lectura. Así que, cuando se habla de leer más o de leer menos es muy importante entender qué significa leer -o qué significaba para el paradigma letrado, hoy tan residual o minoritario como el uso de máquinas de escribir o el consumo de fajas y corsés.

Veamos. Mientras el paradigma letrado fue dominante, leer no podía ser una operación solitaria. En el acto mismo de abrir un libro en la soledad orgullosa del propio cuarto, el lector inscribía su mente en un espacio público común. Encerrarse entre las páginas de un libro era abrirse al recinto de una comunidad de afinidad y discusión. Cada lector era el primero en leer a Hölderlin, a Kafka o a Dostievski y, al discutir en confidencia amorosa con los autores, se sumaba a una tradición, a un culto general y a un debate a cielo abierto que eran, a su vez, la matriz de nuevas lecturas y nuevos libros. Bajo el paradigma letrado, el placer de la lectura era inseparable, como en el amor, de la necesidad de hablar, de convencer, de decir la última palabra, de iniciar al otro, de ampliar el círculo. Si durante algunos siglos -pocos- la lectura ha sido educativa; si la literatura ha formado sentimental e intelectualmente a varias generaciones de humanos ha sido justamente porque es la única experiencia mental en la que la soledad y la comunidad coinciden. Uno puede disfrutar en soledad comiendo o masturbándose o haciendo puzzles; y uno puede disfrutar de la experiencia colectiva de una misa, un concierto o una orgía. Ahora bien, sólo en la lectura lo más privado es inmediatamente público y lo público -la discusión mental, tabernaria o académica- tiene inmediatas consecuencias privadas. El fin del paradigma letrado -y el triunfo de las pantallas- implica precisamente la separación de esas dos esferas -soledad y comunidad-: cada vez estamos más solos y cada vez estamos más acompañados, pero sin que haya ninguna relación o sutura entre las dos situaciones. Cuando estamos solos -con nuestras imágenes- estamos literalmente fuera del mundo; cuando estamos con otros, estamos literalmente fuera de nosotros mismos. Esta separación o ruptura hace muy difícil la educación común; y también la experiencia idiosincrásica diferenciada. La fusión letrada, en cambio, convertía la literatura en algo más decisivo que la mera adquisición de conocimientos o el deleite de un pasatiempo. La literatura era una forma de vida y, como sugiere Germán Labrador para la generación a la que pertenezco, una enfermedad crónica a veces mortal. El viejo Rousseau, con su humor atrabiliario habitual, se lamentaba de haber aprendido a leer y escribir, pues había perdido así el contacto fresco y transparente de las cosas, pero -añadía- "ahora que sé leer y escribir todos mis placeres proceden de la lectura y de la escritura". Lo que quería decir el ginebrino es que con la lectura se cruza un umbral sin retorno desde el que es fácil sentir nostalgia del nóumeno de la hierba primera y del rocío matinal, pero en el que se comparte, sin coger un avión ni salir de casa, un mundo viejo, abierto y colectivo en el que incluso sentirse solo -como Rousseau a veces, o misántropo, como Cioran- produce un enorme placer comunitario. Ese mundo y ese placer han dejado de existir.

Cada generación europea se ha formado con una guerra, una revolución y una antología poética. La guerra sigue siendo posible; las revoluciones y las antologías poéticas no. Hoy se lee y se escribe más que nunca, pero eso, por paradójico que parezca, erosiona -y no protege- el paradigma letrado, que era lento como el papel y limitado como una pradera. La multiplicación y velocidad de las letras impiden la estabilidad generacional asociada antaño a escuelas y corrientes; la multiplicación y la velocidad excluyen la transmisión del saber a través del magisterio de esos autores comunes que llamábamos clásicos; la multiplicación y la velocidad debilitan también el diálogo entre el cine y la literatura, que han compartido y en parte comparten aún una narrativa letrada; la multiplicación y la velocidad, en fin, sólo son posibles a través de formatos tecnológicos cinemáticos o pantállicos incompatibles con la distancia hasta ahora llamada literaria. El paradigma letrado producía diarios y cartas, productos elaborados con conciencia un poco solemne para que formaran parte de la obra del autor -junto a sus novelas, sus ensayos y sus poemas-; producía también borradores a través de los que se podía seguir todo el proceso creativo de un autor muerto. Hoy ese material diacrónico reflexivo y cerrado ha sido sustituido -cancelado para siempre- por las letras vivas, saltarinas como pulgas, espontáneas como estornudos, inabarcables como células o bacterias, de los nuevos formatos tecnológicos. El e-mail, que aún permitía la represión letrada, era una especie en transición, a caballo entre los dos paradigmas, pero el WhatsApp, el Telegram, el Twitter, etc. son ya formatos tiránicamente post-letrados. ¿Nos imaginamos a los críticos del futuro reconstruyendo una obra sin borradores? ¿Nos imaginamos a esos críticos -o a los historiadores- reconstruyendo la vida de un autor o el pulso entero de una época a través de la polvareda infinita de los mensajes en la red, de los rastros sin límite de los grupos de WhatsApp y de las discusiones de Twitter? Puede que esos rastros sean más frescos e inmediatos, más directamente psíquicos y epocales, pero son tan inasibles en su exceso que ninguna vida será suficiente para esa tarea y hará falta un algoritmo informático que seleccione claves de lectura y temas parciales, reintroduciendo asimismo la distancia, pero no ya en el acto de crear sino en el de desechar. Los historiadores y críticos del futuro tendrán que afrontar demasiado material; abordar un océano de imágenes que tendrán que ser codificadas, no ya leídas. La crítica literaria quedará también así, como las propias obras, fuera del paradigma letrado.

Hoy hay dos tipos de lectores: unos pocos son aún letrados y están condenados por eso mismo a la infelicidad (como D. Quijote en su mundo sin caballeros); unos muchos son ya post-letrados que consumen libros (no necesariamente malos y a veces buenos o incluso muy buenos) como otros consumen pornografía o vídeos de gatos en YouTube, sin ningún horizonte formativo comunitario, sin ninguna ambición kantiana de discusión pública. Hay, en correspondencia, dos tipos de escritores: unos pocos letrados, que parasitan un mercado que ya no es el suyo (porque es sólo mercado y no espacio público ilustrado); y otros muchos cinemáticos (incluidos miles de usuarios de las redes) que escriben sin distancia ni representación, con falsa frescura epocal, no necesariamente mal, a veces muy bien, pero fuera ya del marco reflexivo praderil y compartido del paradigma letrado.

¿Qué está lejos? ¿Qué está cerca? Con la lectura se cruza un umbral sin retorno; con la pantalla otro. El problema es que son poco conciliables; y que el paradigma ya dominante es menos compatible con la razón, la memoria y la imaginación; y por lo tanto con la democracia. No se trata de lamentar una pérdida, aunque sí de recordar que lo es -una perdida- mientras nos preguntamos qué podemos hacer, en favor del ser humano, dentro del nuevo paradigma. Esa pérdida es una tragedia para mí y aún más para mis hijos, a los que he educado mal y vivirán más tiempo, y para algunos pocos jóvenes letrados que se están quedando sin mundo o con un mundo muy reducido, como el de los filatélicos o los numismáticos. Tampoco se trata de idealizar a los letrados. Rousseau abandonó a sus hijos, Goebbels leía dos libros al día y fueron letrados los que inventaron y fabricaron la bomba atómica. Pero los cinemáticos son más peligrosos, porque dependen menos de sí mismos en un mundo crecientemente complejo, sin praderas ni anclas, en el que todos los vectores de cambio han escapado de nuestras manos: algoritmos financieros, tecnología armamentística, consumo e industria ecocidas volteados al abismo. En este mundo aún mestizo o de transición, con veinticinco siglos de glorias y miserias letradas, da miedo sobre todo pensar en lo que pueden hacer los cinemáticos con los inventos históricos de los letrados.


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Reportaje
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