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Tres Capítulos Mexicanos en la vida de Frederick Jebsen

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07/01/2018 21:15 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

El Alemán Frederick Jebsen en México

Hijo de Clara y Michael Jebsen, nacido en 1891 en Hamburgo, Alemania, Frederick Jebsen era un joven empresario naviero quien era el director de su propia compañía, la Jebsen Steamship Company, de San Francisco, California, la cual operaba los vapores Erna y Ella. Su familia era propietaria de grandes compañías navieras en aquel país europeo. Pero sobre todo él era un miembro de la élite social, su presencia causaba furor en la aristocracia de dicha ciudad. De pelo rizado y rubio, ojos azules, siempre bien vestido, el fornido fúcar medía 1.98 metros de  altura; además de alemán hablaba ruso, italiano, francés, español e inglés.  Compartía un lujoso departamento con el Barón Von Berkheim, miembro del cuerpo consular del país europeo.

Era 1913 y México ya convulsionaba debido a la guerra civil, y por ello muchos navegantes evitaban viajar a estos lares. Pero no Jebsen, al contrario, intrépido y atrevido él veía en estas circunstancias las posibilidades de crear ganancias para su compañía y para él. Fue por ello que  en más de una ocasión viajó a puertos mexicanos y a la misma capital de este país. La compañía Jebsen había adquirido un buque más, el Jason, de bandera noruega. Y en aquella época en los puertos mexicanos no había aún aparatos telegráficos, por lo que los buques de guerra estadounidenses permitían enviar mensajes telegráficos privados. Innovador, el 14 de junio de 1913 Jebsen equipó su nuevo barco  con sistema de comunicaciones telegráficas convirtiéndolo así en un moderno centro de comunicaciones.

El domingo 28 de septiembre de 1913, el joven se encontraba en Guaymas, Sonora, y sin explicación ni causa alguna las tropas federales lo arrestaron y pusieron en el calabozo de un cañonero. Del buque de guerra mexicano, el alemán fue llevado a la prisión de aquella ciudad y luego sería trasladado a Mazatlán, donde sería juzgado por el delito de, de… Bueno, la verdad es que aquel hombre no había cometido delito alguno. Y seguro es que Victoriano Huerta, sentado en Palacio Nacional, ni siquiera sabía sobre la existencia de esta persona, pero dicha detención habría de traerle un pequeño dolor de cabeza.

El buque de guerra estadounidense USS Maryland se encontraba en las cercanías de Guaymas y cuando su capitán se enteró de la detención del “socialité”  de inmediato transmitió una nota que decía: “Jebsen, prisionero político desde el pasado domingo”. Muy pronto la noticia llegó a San Francisco, cuya  Cámara de Comercio de inmediato solicitó la intervención de la clase política a favor del teutón, con lo que el caso llegó hasta el Departamento de Estado, en Washington. Aún más, Franz Bopp, cónsul de Alemania en el puerto californiano y amigo íntimo de Jebsen dio aviso a su embajada en la capital estadounidense. Con todo esto el incidente fue mucho más allá, geográfica y políticamente; la noticia no tardó en llegar a Alemania y cuando la familia Jebsen se enteró, sin perder un segundo acudió ante el Kaiser Guillermo II solicitándole su intervención.

 

La embajada de Alemania en la Ciudad de México muy pronto elevó una protesta ante las autoridades mexicanas, el mismo káiser pedía una explicación a Victoriano Huerta, además la intervención del Departamento de Estado en Washington era inminente. Por ello,   la mañana del lunes  6 de octubre Frederick Jebsen fue liberado, y pasó de la cárcel a la habitación más lujosa de un hotel de Guaymas.  Después el exprisionero fue invitado a subir al cañonero Guerrero a bordo del cual fue llevado a Mazatlán, pero en calidad de pasajero en uno de los camarotes. Una vez de vuelta en San Francisco, Jebsen fue entrevistado y explicó que su detención se había debido a maquinaciones de sus competidores en el lucrativo negocio del transporte marítimo.

 

El 21 de agosto de 1914 la lancha torpedera Preble de la Marina de los Estados Unidos se posicionó en las cercanías de la Isla de Alcatraz, en San Francisco, California, con la única misión de impedir la salida del vapor Mazatlán, propiedad de la Jebsen Steamship Company, pero que navegaba con la bandera tricolor. Menos de un mes antes, el 24 de julio, había estallado la Gran Guerra, y Estados Unidos  y México se mantenían neutrales. Pero en un triángulo formado por Samoa, Seattle y Mazatlán, catorce buques de guerra japoneses peinaban esa gigantesca superficie en busca de cinco poderosos cruceros alemanes que amenazaban a los buques mercantes de Francia, Reino Unido y Japón. Para el 4 de agosto, y desde días antes,  en las aguas mazatlecas se encontraba anclado el buque de guerra alemán Leipzig, sin rebelarse cuál era su misión.

Al parecer el Jason, aquel buque noruego, cambió de nombre y de bandera, pasando a ser el Mazatlan. Y encontrándose en San Francisco fue cargado con 500 toneladas de carbón.  Luego, el jueves 20 de agosto, aplicó para que se le permitiera  zarpar del puerto, permiso que le fue negado por las autoridades arguyendo que aquel carbón estaba destinado para algún buque de guerra alemán. Pero el caso no terminó ahí, sino que fue enviado a Washington, donde el día 24 el Departamento de Estado  ordenó se le permitiera la salida, pero con ciertas condiciones: Si el Mazatlán entregaba aquel mineral a algún buque alemán sería considerado quebrantamiento al estado de neutralidad que guardaba Estados Unidos; por ende, se debería otorgar una fianza de 20 000 dólares para garantizar la cual fue otorgada por el representante alemán en aquel puerto. Muy pronto el Mazatlán zarpó rumbo a Guaymas. Y, tal como se esperaba, aquellas 500 toneladas de carbón terminaron en la cubierta del Leipzig.

 

Existen dos versiones de este asunto. Frederick Unger, cónsul de Alemania en Mazatlán establece que el carbón había sido comprado por la firma Iberri e Hijo de Guaymas, y que fue descargado en los muelles guaimenses. Dos días después de eso llegó el Leipzig y establece Unger “compró este carbón porque tenía todo el derecho de hacerlo”. Otra versión establece que de San Francisco, el buque de bandera tricolor se dirigió a Bahía Concepción, donde Jebsen mismo esperó al Leipzig y ahí transfirieron el mineral. Claro que, siendo él todo un galán, por supuesto que Frederick no realizó el viaje solo. Lo acompañaba el teniente Zur Hollee, pero en San Pedro, California, subieron a dos jóvenes mujeres, Grace Cunningham y Mabel S, quienes les alegraron el viaje. Según la primera de ellas el Mazatlán esperó al Leipzig en algún lugar de la costa bajacaliforniana donde transfirieron el carbón además de provisiones,  luego viajaron hasta el puerto de Mazatlán donde la otra mujer y el teniente se separaron tras una discusión con el empresario naviero.

Los vapores Erna y Ella habían desaparecido de Estados Unidos desde tiempo atrás. Y si bien el Mazatlán y Jebsen regresaron a San Francisco, este hombre sabía que pronto se abriría una investigación y por ello, subrepticiamente, en los últimos días de agosto de ese año salió de San Francisco. Pero antes de que esto sucediera, el 14 de octubre, el Mazatlán efectuó la misma operación y zarpó de San Francisco, entró a San Pedro donde cargó más mercancía y salió rumbo a puertos mexicanos transportando carbón y provisiones destinadas a barcos de bandera alemana.

 

En Estados Unidos se corrió el rumor de que el teutón había alcanzado la costa este del país y había abordado un barco alemán. Sin embargo, este hombre había decidido aposentarse en alguna playa mexicana. Aquí durante algún tiempo voluntaria u obligadamente sirvió a los constitucionalistas quienes a bordo del Mazatlán transportaron a Manzanillo un regimiento de trescientos soldados con tres generales. De ahí el buque navegó de regreso a Mazatlán, trayendo otro regimiento de soldados rebeldes con 650 soldados federales prisioneros, además de mil rifles, un millón de municiones y otros pertrechos. Abordo viajaba un militar que había dirigido gran parte del sitio a Mazatlán, el general Juan Carrasco. Éste, platicando con un joven tripulante nativo de Nueva Zelanda, le dijo “he estado en unas veintisiete batallas” El neozelandés miró el elevado número de cicatrices de bala que Carrasco tenía por todo el cuerpo, y señaló: “a juzgar por su  apariencia, puedo creerle”   

 

El 19 de agosto de 1915 el buque de guerra británico Baralog atacó y hundió el submarino alemán U36. Al publicarse la lista oficial de los muertos, ahí apareció el nombre de Frederick Jebsen. Pero el 16 de marzo de 1916 esta noticia fue desmentida por el consulado alemán en San Francisco,   el cual dio aviso oficial de que el exteniente se encontraba en misión secreta al servicio del káiser.

 

Finalmente el 8 de febrero de 1916, ante una corte federal de San Francisco,  se inició el juicio por haber infringido las leyes de neutralidad. El cónsul alemán figuraba como indiciado, lo mismo que el representante de Turquía,  Frederick Jebsen y veintinueve personas más. Se supo que Jebsen se encontraba en algún lugar de China.

 

La verdad es que Frederick Jebsen no era un hombre ordinario. Él había sido teniente en la marina alemana y actuaba como un miembro del servicio secreto. En la misma época del caso del carbón para el  Leipzig, se las había ingeniado para enviar armas a la India a bordo del barco Maverick, operación que fracasó pero no por causas imputables a él. Por ello, no fue raro que el propio káiser Guillermo II pidiera a Victoriano Huerta explicaciones sobre el arresto de su súbdito; por ello cuando Estados Unidos entró a la Gran Guerra consideraba a Jebsen como uno de sus grandes enemigos.

 


Sobre esta noticia

Autor:
Antonio Lerma Garay (80 noticias)
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Tipo:
Reportaje
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